Por la Espiral

Claudia Luna Palencia

         En los últimos años Alemania ha dado la nota (y no siempre favorable) relacionada con la industria automotriz, esta portentosa economía europea que siempre ha unido la fiabilidad y rectitud con la productividad dejó boquiabierto al mundo entero, tras explotar el bochornoso caso de los coches trucados en sus emisiones contaminantes.
            El escándalo lo destapó en 2015 la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), tras analizar minuciosamente varios vehículos fabricados por Volkswagen con un software que  manipulaba la prueba de emisión de contaminantes.
            Los coches alterados –unos 11 millones en todo el mundo- contaban con motores turbodiésel fabricados entre 2009 y 2015, y gracias a dicho programa siempre pasaban los controles  con las consecuentes ventajas de contar con un engomado no contaminante y por ende, pagar menos impuestos.
            Bajo esa  lógica de menor contaminación menor gravamen y la otra relación directa de más contaminación mayor imposición fiscal, lo que destapó la EPA provocó una desconfianza de los consumidores hacia los productores.  ¿Qué se puede esperar de otras empresas,  si un emporio germano como Volkswagen incurre en dichas violaciones éticas y además arrolla también la responsabilidad social corporativa?
Era lógica una crisis de confianza derivada de este tipo de actuaciones  que además no fueron nimias nada más en Estados Unidos afectó a 482 mil coches de diversos modelos como: “Jetta (2009-2015), Beetle (2009-2015), Audi A3 (2009-2015), Golf (2009-2015) y Passat (2014-2015)”.
            Las pérdidas en el tercer trimestre de 2015 fueron inmediatas de 3 mil 840 millones de dólares y al cierre de todo el año fiscal, ascendieron a 4 mil 600 millones de dólares.
            Después del asunto Volkswagen que hasta derivó en discusiones a nivel gubernamental con la canciller germana Angela Merkel defendiendo a la marca teutona, nuevamente hace poco emergió otra gresca en torno a  las empresas automotrices alemanas.
            Y esta vez también es igualmente truculenta: la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el Transporte (EUGT) fundada en 2007 por Volkswagen, BMW, Daimler y Bosch está siendo investigada por realizar experimentos prohibidos con monos y humanos a los que expuso, en  una serie de investigaciones, a inhalar directamente dióxido de nitrógeno.
            La intención era demostrar el escaso impacto –casi nulo según su hipótesis- que el dióxido de nitrógeno emitido por los motores de diésel provoca sobre de la salud de las personas.
            Nada que ver con los experimentos nazis –guardadas las proporciones del caso- resulta arriesgadísimo, inmoral y antiético que esta asociación haya utilizado no nada más a monos (las cobayas tradicionales junto con los ratones) sino a humanos a 25 personas a las que encerraron en una habitación y expusieron directamente a que respirasen el dióxido de nitrógeno para después evaluar si había alguna alteración o bien qué tipo de impacto se generaba en su salud por dicha exposición.
            Este batiburrillo fue revelado recientemente por el New York Times, en Alemania se han jalado de los pelos y la canciller en funciones Merkel que intenta formar Gobierno rescatando la llamada Gran Coalición entre la Unión Cristianodemócrata y el Partido Socialdemócrata ha debido salir a la palestra a condenar absolutamente dichas prácticas ilegales y violatorias de la vida humana.
            El summum revela la obsesión de las automotrices germanas por desmontar la idea de que el diésel es nocivo y el causante de la contaminación así como de afectar a los seres vivos.
            Casi el mismo argumento que el presidente de Estados Unidos Donald Trump pero aplicado a la industria del carbón, mientras los líderes globales se comprometen a descarbonizar para aminorar sus efectos nocivos en el calentamiento global, Trump afirma que no pasa nada  porque el calentamiento “es un invento chino”.
A COLACIÓN
            Vayamos a una noticia positiva:  la Justicia germana ha dado la razón a una ONG de ecologistas llamada Deutsche Umwelthilfe (DUH) que hace unos meses demandó a dos ciudades por separado, primero a Stuttgart y después a Dusseldorf al considerar que los respectivos cabildos no hacían lo suficiente para limitar la contaminación vehicular.
            Finalmente fue aprobado que, por razones medioambientales, se prohíba la circulación de los motores de diésel salvo por una emergencia, para los ecologistas es una gran noticia, para los fabricantes un varapalo porque la convergencia hacia los motores híbridos y eléctricos deberá ser inevitable; ni qué decir para el dueño de un vehículo que se mueve con diésel su medio de transporte se está convirtiendo cada vez más en un potencial problema.     
            Estamos viviendo una reconversión de la industria automotriz, un cambio de Era en su ciclo, hay resistencias como en todo, las grandes se niegan perder sus líneas de competitividad y de producción. El meollo es qué se hará con todo el amplio parqué de vehículos de diésel que están a punto de ser chatarra no por viejos sino porque quedaran descatalogados por que NO podrán utilizarse.
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales
@claudialunapale