Anticrónica

• Amurallada, cascarita de ancianos

• Enojo de aficionados antes del Juego de “Leyendas”

• Miles se quedaron fuera del Zócalo capitalino

• Gritos –“Ehhhh puuuuutoooo”– de inconformidad 

• “Nomás queríamos ver a los ruquitos”, decían aficionados

 

Por Jesús Yáñez Orozco

CDMX, 09 de julio (BALÓN CUADRADO / CÍRCULO DIGITAL).–A un lado de la Catedral Metropolitana, este domingo, al mediodía, se oficia otra misa: del balón. Dios redondo, llaman algunos– que mide 70 centímetros de diámetro y pesa 400 gramos–. Y que, igual que la fe, mueve montañas.

Como si fueran dinosaurios en museo a los que se puede tocar sólo con la mirada, fue amurallada con bloques de madera de dos metros de alto, en una periferia de casi mil metros, la cancha de pasto sintético –futbol 7– donde se enfrentaran México y Alemania.

Es el muro del futbol. Seguro, en el inconsciente colectivo aparece, fantasmal, como el que quiere construir Donald Trump en su frontera sur.

Se llama, pomposo, en la campaña publicitaria, el “partido de leyendas” o de la “revancha”. Era una “cáscara” –fulbito, llaman en Sudamérica– de viejitos. El día es sombrío. Oscuro. Nubes plumbago oscurecen el firmamento. Pero no la pasión. Esa no muere.

Aunque sea la crónica  Decepción Nacional.

Incluso, para colocar la cancha se eliminó el asta bandera, la más emblemática del país, a la que todas las mañanas, con el lábaro patrio en lo alto, militares que custodian Palacio Nacional, rinden honores.

Hoy importa más el balón.

Incluso, para colocar la cancha se eliminó el asta bandera, la más emblemática del país, a la que todas las mañanas, con el lábaro patrio en lo alto, militares que custodian Palacio Nacional, rinden honores.

Incluso, para colocar la cancha se eliminó el asta bandera, la más emblemática del país, a la que todas las mañanas, con el lábaro patrio en lo alto, militares que custodian Palacio Nacional, rinden honores.

 

Los jugadores

Todos quieren –poniéndose la verde– que los mexicanos ganen. Aunque sea una victoria de chunga. O de perdida empate. No la derrota. Más luego de 1-4 en la reciente Copa Confederaciones. Que, por cierto, ganaron los germanos.

Se anuncian, con bombo y platillo –como si fueran Lionel Messi o Cristiano Ronaldo– jugadores de ambos equipos que se enfrentaron en los Mundiales de 1998, Francia, y 2002, Corea-Japón. Entre otros: Jorge Campos, Cuauhtémoc Blanco, Luis Hernández, Luis García, Jürgen Klinsmann, Löthar Matthaus, Pablo Larios, Manuel Negrete, Alberto García Aspe –sobrino del exsecretario de Hacienda, Pedro Aspe Armella, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari—.

Los aficionados comenzaron a llegar desde las siete de la mañana. El acceso inició a las nueve. Una hora después, inexplicablemente, se impide el paso sobre el único acceso: la calle 20 de Noviembre. Vallas de metal y unos 200 policías impiden el ingreso. Miran con desdén, hartazgo, a la muchedumbre que se aglutina poco a poco.

Además de los huecos que se divisan a lo lejos en las tribunas, un graderío –para unas dos mil personas– está desocupado. Sólo se mira a 400 metros de distancia una pantalla gigante. Todos cabrían.

Faltan 15 minutos para las 11. El tañido mortuorio de las campanas de Catedral se convierte en un réquiem involuntario del futbol mexicano, representado en el Tri o Ratones Verdes, desde mediados de los años 60s.

Los acordes nostálgicos de un cilindro se escuchan lejanos: Dios Nunca Muere. Sus notas caminan lentas por las calles del tiempo desde principios del siglo pasado.

Aficionados, niños y adultos, hombres y mujeres –de la tercera edad, en muletas, sillas de ruedas, con carriolas y bebés que vienen de barrios y municipios del Estado de México— no mueven el mármol granítico del corazón de los guardianes del orden. Tienen la orden tajante de no dejar pasar a nadie. Vamos: ni un alfiler.

Aficionados, niños y adultos, hombres y mujeres –de la tercera edad, en muletas, sillas de ruedas, con carriolas y bebés que vienen de barrios y municipios del Estado de México— no mueven el mármol granítico del corazón de los guardianes del orden. Tienen la orden tajante de no dejar pasar a nadie. Vamos: ni un alfiler.

 

Entrada difícil

Aficionados, niños y adultos, hombres y mujeres –de la tercera edad, en muletas, sillas de ruedas, con carriolas y bebés que vienen de barrios y municipios del Estado de México— no mueven el mármol granítico del corazón de los guardianes del orden. Tienen la orden tajante de no dejar pasar a nadie. Vamos: ni un alfiler.

El incordio de la gente sube de tono conforme pasa el tiempo y señalan a los policías los vacíos en las gradas.

“No fuera para echarle porras al presidente –Enrique Peña Nieto—porque nos dejaban pasar desde hace rato. ¡Qué poca!”, dice un hombre de pelo cano.

Otro aficionado cuestiona: ¿para qué la campaña publicitaria en prensa, radio, tv y redes sociales, si no iban a dejar pasar?

“Demasiado rigor para un evento de desmadre”, remata.

Uno más tercia: “Uno trata de hacer las cosa bien y nos ven la cara. Son pendejos los que organizaron esto”. Y grita que Carlos Alazraki –quien tuvo la iniciativa de este evento e hizo campañas oficiales a Vicente Fox durante su sexenio, y conductor de un programa en TV Azteca—“¡de la cara!”.

Alazraki fue uno de los organizadores del Festival de Rock en Avándaro, Valle de Bravo, Estado de México, en 1971. Estaban considerados 30 mil asistentes y hubo cerca de 250 mil.

Una voz augura:

“Mañana la prensa dirá que fue un evento excelente, bien organizado, de cinco estrellas. Y sha lalá, sha lalá. Pinche prensa vendida. Cuando esto es un desgarriate”.

Alguien conciliador suelta entre el barullo del gentío:

“Mejor vamos a verlo por tele”.

“Pero no lo van a pasar”, acotan.

“Sky –televisión de paga—lo tiene programado”, aclara.

Y se retira con su pareja, mientras niega con la cabeza, en señal de rechazo.

Un grupo corea: “¡portazo, portazo!”. Nadie secunda. “¡Aaaaabraaaan! gritan unos más. Son puertas invisibles.

El hastío aflora en los rostros de varios centenares de aficionados que se mantiene incólumes, estoicos, sobre 20 de Noviembre. Mientras, muchos otros optan por retirarse, al ver la valla de metal y el celeste muro humano.

Otra vez tañen, lacónicas, las campañas de Catedral. El badajo contra el capitel crea una sinfonía que amortaja el grito intempestivo, impotente, de los presentes. Se escucha un débil “ehhhhh…” al que, en automático se suman, como una sola, potente, voz, todos los presentes:

“¡Ehhhhhhh puuuuuuuutoooooo!” –que ha costado a la Federación Mexicana de Futbol siete multas de la FIFA por más de dos millones de pesos–.

No se supo si era para Alazraki o Miguel Ángel Mancera –jefe de gobierno de la ciudad de México—quien ordenó el dispositivo policiaco. O para los dos.

No se supo si era para Alazraki o Miguel Ángel Mancera –jefe de gobierno de la ciudad de México—quien ordenó el dispositivo policiaco. O para los dos.

 

Excesivo dispositivo policiaco

No se supo si era para Alazraki o Miguel Ángel Mancera –jefe de gobierno de la ciudad de México—quien ordenó el dispositivo policiaco. O para los dos.

Está a punto de comenzar el encuentro.

Se escucha el grito: “!Maaaaanceeeeraaaa!” Y de nuevo en automático, en respuesta, una silbatina colectiva, al unísono, como en el grito homofóbico, lanza una mentada.

Un aficionado cincuentañero, agitado y el rostro enrojecido, se acerca a sus familiares. Platica, jadeante, que quiso sobornar a los policías para que lo dejaran pasar. Pero no quisieron. Porque había otros filtros más adelante.

–¿Cuánto pedían ofreció? Interrogó este reportero.

–100 pesos por persona, responde.

–¿Cuántos son?

–Siete.

Danzantes prehispánicos bailan al rítmico del tum tum de su tambor. Uno de ellos, con una cabeza de venado sobre su testa, pide una dádiva de los presentes –algunos que no pudieron entrar el partido– que observan, impávidos, el efímero espectáculo.

Mientras, en la pantalla gigante aparece un spot de Pemex y sus eternas bondades.

Son las 12:00.

Al fin comienza la cascarita, entre los saurios del balón, en la canchita amurallada y el involuntario réquiem por el balón.

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